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"Luchamos por alcanzar un triunfo que es una lágrima
perdida en el mar”,
así expresaba Antonio Armando García Barrios (Ezcaray, 1904-Logroño, 1944) en
una de sus Baladas (Madrid, 1926) el desasosiego de su vida,
inexcusablemente ligada a la literatura desde que en 1919, siendo apenas un
niño, emigró a Madrid empeñado en la empresa de hacerse escritor. La diosa
fortuna nunca hizo oídos a sus plegarias y escasas veces las musas acudieron
prestas a visitarle, pero su obra está ahí. Fruto de sus afanes, editó casi
cuarenta obras, en su mayoría de poesía; algunas se guardan en la Biblioteca
Nacional, que conserva una veintena de originales. El resto yace en los
anaqueles de las estanterías de coleccionistas privados o, simplemente, han
desaparecido. En efecto, el interés que Armando Buscarini –su nombre
artístico- despertó en Juan Manuel de Prada hizo que el escritor le dedicara
alguna de las páginas de su novela Las máscaras del héroe, así como una
semblanza que le valió el ‘Premio Café Bretón 1996’ lo que, a su vez, propició
la reedición de dos de sus obras: Mis memorias –escrita a la paradójica
edad de 20 años- y Cancionero del arroyo, que guarda alguno de sus
mejores versos.
Antes había dormido el sueño de los justos cayendo en el olvido como debieron
caer sus huesos exhumados en la fosa común del cementerio de Logroño en el tan
lejano y tan cercano año de 1970. Armando Buscarini murió en la capital de La
Rioja un 9 de junio de 1940 -no en vano pidió en su testamento que el día de
su muerte fuera declarado festivo- después de haber pasado los últimos años
ingresado en los hospitales psiquiátricos de Madrid, Valladolid y Logroño. El
interés febril despertado en Juan Manuel de Prada volvió hacia la figura de
este joven poeta maldito que apenas le dedicaron sus coetáneos. Hasta tal
punto es así, que incluso sus originales se cotizan ahora al alza en el
mercado avaricioso de los coleccionistas y las librerías de viejo, en cuya
atmósfera incontaminada es imposible no sentirse a gusto. La leyenda de Vicent
Van Gogh vuelve a repetirse, mutatis mutandi, de forma trágicamente
cómica.
Hace pocas semanas se celebraba en Logroño un ciclo de actividades que, bajo
el título ‘I Centenario de Armando Buscarini’, auspiciaba la Universidad de La
Rioja con el acompañamiento de otras instituciones (Ibercaja, Ayuntamiento de
Logroño y Cultura) y bajo la coordinación de Ediciones del 4 de agosto. Nada
se sabe de Ezcaray, el bello pueblo serrano en el que nació Armando Buscarini
y al que le dedicó el cuento El arte de pasar hambre; aquel en el que
narra el inicio de su amargo viaje literario a Madrid. Nada se sabe puesto
que, como denunció el escritor Juan Manuel de Prada (el “guardián de su
memoria”) en este mismo periódico el día de su centenario, “es
lamentable que el pueblo donde nació no se enorgullezca de él. [...]. Espero
que algún día las autoridades de Ezcaray rectifiquen su error o, si no, que
rectifiquen a las autoridades, coño”, y no sin cierta ironía añadía que si
Buscarini levantara la cabeza “nos escupiría un
gargajo en el rostro a todos los escritores vivos, por burgueses, flojos y
soplapollas. Y a los políticos municipales también, por supuesto”.
No en vano nadie salvo él, quien exhumó sus restos
de la fosa común del olvido, nadie ha sentido la necesidad de tributarle un
digno homenaje a Armando Buscarini, el niño poeta que nació en Ezcaray un 16
de julio de 1904, hijo de la ezcarayense Asunción García Barrios, sin padre ni
descendencia conocidos, autor de una treintena de libros. El mismo que
deambulaba por las calles de Madrid vendiendo sus versos o amenazándose con
suicidarse, que mendigaba cariño y dormía al aire libre las más de las veces,
el que fue ingresado en un psiquiátrico, aquel que cosechó desprecio y olvido
por mucho que proclamara en uno de sus poemas que “es verdad que sufro,
pero oídme; ¿qué me importa sufrir, si soy poeta?”, el mismo que pedía –y,
en su nombre, nosotros- el nombre de una calle en su localidad natal, Ezcaray,
se congratula del anuncio del alcalde porque, así, su memoria nunca más
naufragará como una lágrima perdida en la Sierra de la Demanda.
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