ARTÍCULO 'UNA CALLE PARA BUSCARINI' FIRMADO POR 100 CIUDADANOS
Y GENTES DE LA CULTURA PUBLICADO EL 22/8/2004 EN TRIBUNA DE LA RIOJA

 


"Luchamos por alcanzar un triunfo que es una lágrima perdida en el mar”
, así expresaba Antonio Armando García Barrios (Ezcaray, 1904-Logroño, 1944) en una de sus Baladas (Madrid, 1926) el desasosiego de su vida, inexcusablemente ligada a la literatura desde que en 1919, siendo apenas un niño, emigró a Madrid empeñado en la empresa de hacerse escritor. La diosa fortuna nunca hizo oídos a sus plegarias y escasas veces las musas acudieron prestas a visitarle, pero su obra está ahí. Fruto de sus afanes, editó casi cuarenta obras, en su mayoría de poesía; algunas se guardan en la Biblioteca Nacional, que conserva una veintena de originales. El resto yace en los anaqueles de las estanterías de coleccionistas privados o, simplemente, han desaparecido. En efecto, el interés que Armando Buscarini –su nombre artístico- despertó en Juan Manuel de Prada hizo que el escritor le dedicara alguna de las páginas de su novela Las máscaras del héroe, así como una semblanza que le valió el ‘Premio Café Bretón 1996’ lo que, a su vez, propició la reedición de dos de sus obras: Mis memorias –escrita a la paradójica edad de 20 años- y Cancionero del arroyo, que guarda alguno de sus mejores versos.

Antes había dormido el sueño de los justos cayendo en el olvido como debieron caer sus huesos exhumados en la fosa común del cementerio de Logroño en el tan lejano y tan cercano año de 1970. Armando Buscarini murió en la capital de La Rioja un 9 de junio de 1940 -no en vano pidió en su testamento que el día de su muerte fuera declarado festivo- después de haber pasado los últimos años ingresado en los hospitales psiquiátricos de Madrid, Valladolid y Logroño. El interés febril despertado en Juan Manuel de Prada volvió hacia la figura de este joven poeta maldito que apenas le dedicaron sus coetáneos. Hasta tal punto es así, que incluso sus originales se cotizan ahora al alza en el mercado avaricioso de los coleccionistas y las librerías de viejo, en cuya atmósfera incontaminada es imposible no sentirse a gusto. La leyenda de Vicent Van Gogh vuelve a repetirse, mutatis mutandi, de forma trágicamente cómica.

Hace pocas semanas se celebraba en Logroño un ciclo de actividades que, bajo el título ‘I Centenario de Armando Buscarini’, auspiciaba la Universidad de La Rioja con el acompañamiento de otras instituciones (Ibercaja, Ayuntamiento de Logroño y Cultura) y bajo la coordinación de Ediciones del 4 de agosto. Nada se sabe de Ezcaray, el bello pueblo serrano en el que nació Armando Buscarini y al que le dedicó el cuento El arte de pasar hambre; aquel en el que narra el inicio de su amargo viaje literario a Madrid. Nada se sabe puesto que, como denunció el escritor Juan Manuel de Prada (el “guardián de su memoria”) en este mismo periódico el día de su centenario, “es lamentable que el pueblo donde nació no se enorgullezca de él. [...]. Espero que algún día las autoridades de Ezcaray rectifiquen su error o, si no, que rectifiquen a las autoridades, coño”, y no sin cierta ironía añadía que si Buscarini levantara la cabeza
“nos escupiría un gargajo en el rostro a todos los escritores vivos, por burgueses, flojos y soplapollas. Y a los políticos municipales también, por supuesto”.

No en vano nadie salvo él, quien exhumó sus restos de la fosa común del olvido, nadie ha sentido la necesidad de tributarle un digno homenaje a Armando Buscarini, el niño poeta que nació en Ezcaray un 16 de julio de 1904, hijo de la ezcarayense Asunción García Barrios, sin padre ni descendencia conocidos, autor de una treintena de libros. El mismo que deambulaba por las calles de Madrid vendiendo sus versos o amenazándose con suicidarse, que mendigaba cariño y dormía al aire libre las más de las veces, el que fue ingresado en un psiquiátrico, aquel que cosechó desprecio y olvido por mucho que proclamara en uno de sus poemas que “es verdad que sufro, pero oídme; ¿qué me importa sufrir, si soy poeta?”, el mismo que pedía –y, en su nombre, nosotros- el nombre de una calle en su localidad natal, Ezcaray, se congratula del anuncio del alcalde porque, así, su memoria nunca más naufragará como una lágrima perdida en la Sierra de la Demanda.