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POEMAS EN PROSA
I
A Joaquina
I
Ojos humanos jamás podrán vislumbrar en la vida belleza tan seductora como
yo contemplé.
Era una Venus, una figura de un lienzo de Murillo... ¡Una diosa!
Ni las vírgenes niñas puras e inmaculadas; ni las ninfas voluptuosas de los
países fantásticos; ni los ángeles, moradores de los Cielos, podrán hacer
alarde de mayor belleza que la que tú posees!
II
¿Contempláis la noche plagada de tinieblas y de misterios insoldables?
¿No veis cómo la plateada luna no torna a fulgurar en el Firmamento?
¿Oís, sin embargo, el retumbar horrísono de los truenos en el espacio y cómo
de vez en cuando un relámpago fugaz ilumina con su vivísima luz los ámbitos
más recónditos de la tierra?
Noche tenebrosa, sin luna, sin estrellas...
El vendaval azota furiosamente los árboles y el agua se precipita por
doquier inundando todo a su paso y arrastrándolo con ímpetus desenfrenados.
No obstante que el astro nocturno no brilla en la espaciosa bóveda y todo
son misterios y sombras, unos ojos negros de mujer alumbran con su luz
fulgentísima la noche tenebrosa. Son sus ojos, los ojos de ella, los ojos
purísimos de Joaquina; unos ojos candorosos y nítidos capaces con su fulgor
intensísimo de deslumbrar.
III
Tu boca coralina semeja un rubí con reflejos sangrientos, exhala tan
fragantes perfumes y modula tan suaves palabras, que al ser más inhumano del
mundo pueden sonrosar y alegrarle la vida...
Tu boca es una flor... una Aurora, una caricia...
IV
Como ébano son tus cabellos: negros, muy negros, de una negrura profunda e
infinita.
Impregnados de néctar están siempre: reluciendo cual fúlgidas diademas en
graciosa forma caen sobre tu espalda, dándote la figura de una virgen o de
un hada divina y pura...
V
¡Y, para contemplar tu sideral hermosura y egregia silueta, te diré, además,
que tu cuello, torneado, es blanco, inmaculado, como una de esas palomitas
que vuelan en las tardes agonizantes bajo la caricia del Sol que muere!...
II
Los Gnomos sin corazón
I
Es ella, la linda princesa Eladia...
Sus ojos son verdes como las palmeras de Egipto; de plata son sus dientes;
su cutis es muy blanco y su boca semeja un panal de dulce miel.
Vedla como camina en la soledad de la noche estrellada: se ha escapado
secretamente de su feudal palacio, donde moran sus padres y va en busca de
su adorado Fernando.
Las hojas de los árboles, ya secas, muévense débilmente al soplo de la
brisa, y a un lado del camino óyese susurrar el agua de una arroyo...
La luna llena resplandece melancólicamente en el Cielo y aquél silencio tan
misterioso es sólo interrumpido por las quedas pisadas de Eladia...
II
Alborea.
Destellos de sangre y fuego aparecen en el Firmamento: Febo apunta por
Oriente y la tierra se sonríe con la llegada del Alba.
Trinan las golondrinas, pían los pajaritos y todo es paz y gozo en el nuevo
día. Eladia, desfallecida por el cansancio, déjase caer en la verdosa
alfombra: sus ojos se entornan paulatinamente y al poco queda profundamente
dormida.
III
La noche extiende sus fúnebres negruras sobre los campos...
Por doquier reina un silencio sepulcral: la Luna aparece en el Cielo y
vuelve a brillar con el mismo fulgor que la anterior noche.
Elaida duerme todavía...
Su respiración es fatigosa: quizá sueña con el ser al que adora con toda su
alma. Su corazón palpita desacompasadamente y de vez en cuando entreabre su
linda boquita para lanzar al aire un profundo suspiro.
A lo lejos divísanse unas diminutas siluetas: son los Gnomos que vienen,
atraídos por el hermoso espectáculo que ofrece la princesa tendida en la
hierba...
Cantando un antiguo romance, avanzan cautelosamente con antorchas
encendidas.
Sus voces son muy cadenciosas aunque imperceptibles.
Visten trajes de diversos colores y cubren sus cabezas con gorritos rojos.
Al fin llegan donde se halla la princesa: quedamente levántanla del suelo y
entre todos los Gnomos es conducida a una alta montaña, en cuya cumbre arde
resplandeciente hoguera: allí arrojan a Eladia...
Y su cuerpo inmaculado se carboniza en aquel fuego horripilante, mientras
que en derredor de la hoguera, danzan los Gnomos, los fatídicos Gnomos sin
corazón...
III
Su único amor
I
Elena, la bella dama de ojos de cielo, cabellos de oro, cutis de alabastro y
boca cual la fresa, lloraba tristemente la ausencia de su amado...
Sus labios contraíanse en un rictus de dolor y sus ojos, nublados por el
llanto, vislumbraban al través de los cristales del balcón el dulce agonizar
de la tarde...
II
Y su boca, boca de ángel divino, moduló en el silencio claustral de la
estancia esta queja de amor, suave como la brisa del mar o como el arrullo
de una paloma blanca:
-¿Por qué martirizas cruelmente mi alma y te alejas de mí con la que te
inspiró más amor que yo?
¿Por qué me abandonas y no tienes corazón para la que te ama y sufre por ti
en silencio?
¡Ah, qué ingrato eres!
¡Loca de amor por ti muero de pena cuya culpa es tuya, bien mío, anhelo de
mi corazón, encanto de mi alma!
III
En la soledad de la noche, óyese el silvido estridente de la locomotora que
lanzando rojas llamaradas avanza a pasos agigantados...
Elena, no hayando alivio a su inmenso dolor, espera la muerte tendida entre
la separación de los rieles.
El monstruo de hierro y acero se aproxima... De súbito suena un grito, luego
como si triturase huesos; después reinará un silencio a muerte y el tren se
pierde allá en la lejanía.
Fue su amor, su único amor: habiéndola olvidado él, ella no pudo vivir con
su amargura.
Por un beso
Por un beso que te diera
has de ir al cementerio
una noche a contemplar
la soledad de los muertos...
¡Y cuando los hayas visto
de la noche, en el misterio,
entonces, ser adorado,
entonces... ¡te daré el beso!
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