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El riesgo es el eje sublime de la vida.
Gabriel D’Annunzio
De vez en cuando, entre la turbamulta municipal y
urbana, soez y grosera, sale un señor romántico que me regala unas pesetas.
Este señor romántico
cree que todavía puede haber personas que se preocupen un poco de la belleza
de unos versos que quizá quién sabe si tienen dentro de la rima algo más que
hueco retórica.
Quizá este señor cree que en España hace falta un poco de
romanticismo refulgente que brille en el barro deleznable y sucio del bajo y
ramplón y malsano ambiente que empistelece y denigra la vida española.
Como dice Ramiro de
Maeztu en El Sol, hace falta un minimun de decencia para que
se arregle el problema de Marruecos y todos los demás problemas.
Y mientras se consienta que los artistas se mueran de hambre y de frío bajo
las burlas y groserías justificadas (el poeta va vestido de harapos como un
mendigo glorioso), la decencia de los que pueden remediar esta desdicha es
una decencia muy discutible.
Después de cincuenta colaboraciones en los primeros periódicos de habla
castellana no se puede ni remotamente discutir mi personalidad de poeta
lírico y hambriento.
Y a esto no hay derecho, señores románticos, los pocos señores y románticos
que sean señores y sean románticos, que todavía puede que queden, que mucho
lo dudo que quede alguno, porque los demás pueden colgarse de un pino, como
decía el gran Rubén.
Soy un hijo triste de la noche, soñador de ternuras y
enfermo de misantropía; enamorado de los astros y de las túnicas de púrpura
de los príncipes de leyenda. Sé que el ambiente no es propicio a mi gesto y
que las palabras de los poetas caen en la moderna sociedad como un abismo de
indiferencia donde se desperezan los necios y donde los envidiosos que
tienen ictericia enseñan los dientes amarillos.
Yo puedo hablar fuerte porque soy un poder espiritual
en la forma más pura y a quien quiera atropellarme por ser débil cometerá
una triste acción contra el fraternal sentimiento que yo tengo para todos.
Todo lo que me hagan ha de saberse en la posteridad
histórica y quedará como una mala nota.
ARMANDO BUSCARINI |
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