Para el periodista José Trabajo, homenaje del autor.
PRÓLOGO
Armando Buscarini, este niño escéptico y
atormentado por la vida, me parece un remordimiento. Somos ingratos con él.
Los que hemos fracasado, -a mí no me causa vergüenza haber fracasado ante la
imbecilidad y el cretinismo, debiéramos tener para Buscarini mayor respeto.
Detrás de esa cara un poco de risa, detrás de esos ojos que todo parecen
mirarlo con alegría, se esconde, se encoge, se hace chiquita ¡muy chiquita!
Para que no la veamos, una tragedia muy grande.
Acaso nuestros hijos le llamen maestro.
Respetémosle pues.
Ahora, querido Buscarini, yo, usted,
escribiría este epílogo. “Lector: Yo no intento colocar mis libros a los
amigos arbitrariamente. Si ruego a los amigos que me compren mis libros, es
porque desgraciadamente para mí no sé hacer otra cosa que escribir versos.
Jamás me he ganado una peseta que no fuera por mis versos. Mi madre es una
pobre mujer honrada, humilde y sin belleza.
No tengo hermanas que ofrecerte, lector, a
cambio de mi triunfo y a cambio de tu dinero. Tampoco soy casado, perdóname.
Nada puedo ofrecerte, nada que tú toques con
la mano, toma este libro, no entre tus manos sino entre tu cerebro y tu
corazón.
Acaso baile un poco.
En el abismo siempre se baila.
Y entre mi cerebro y mi corazón hay un abismo.
Mi corazón me dice que te dé el libro de
balde.
Mi cerebro, que lo pagues porque si me pagas
este libro quizá pueda ofrecerte aquel libro en el aprendan tus hijos a
tenerte respeto”.Pedro
Luis de Gálvez.
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HISTORIA DE MI VIDA DOLIENTE
Recuerdo mi infancia en el santo colegio de
unos padres cristianos que velaban por mi educación. En aquel colegio yo
estaba medio pensionista, y mi amada madre costeaba los gastos,
haciendo muchos sacrificios. Aún evoco el patio de recreo y el frontón de
pelota; las amplias aulas del colegio instaladas en la planta baja y en los
altos corredores del edificio.
Recuerdo también el día feliz y casto de mi
primera comunión, hecha en una mañana de mayo, fragante y encendida.
Yo era entonces un niño inocente, lleno de
ternuras y bondades; el corazón ingenuo quería escaparse del pecho y mi
almita infantil no conocía aún las torturas ni las infamias de los hombres.
Yo siempre fui un niño triste; desde edad muy
temprana me sentí acometido por una extraña melancolía que se trocó luego en
una angustia infinita, que no podré deshechar nunca.
Mis compañeros de colegio se reían siempre de
mi tristeza y de mis lágrimas, pero yo no sabía odiarles, y tenía siempre
para ellos la misericordia del perdón.
Hoy también he aprendido a saber perdonar las
ironías perversas y los escarnios de la gente cruel.
Años más tarde me sacaron del colegio
cristiano para hacerme ingresar interno en un colegio evangélico. Allí cursé
todas las asignaturas del bachillerato pero no pude estudiar una carrera
porque mi pobre madre no podía pagarla, y tuve que abandonar el colegio.
Entonces empezaron a manifestarse mis
sentimientos de artista y escribí mis primeros cuentos, sencillos inconexos…
Después fui poeta cuando sentí en mi mente los
supremos arrebatos divinos de la inspiración en forma de POTENCIA CREADORA
transmite Dios a los predestinados. El poeta es santo y apostólico y está
ungido de un aroma de eternidad.
La historia de mi calvario para poder publicar
mis poesías en los periódicos de Madrid no quiero contarla por la razón
misericordiosa de no hacer sonrojar a muchísimas personas que pueden hacerme
mucho bien… todavía.
Sólo consignaré como episodio de mis luchas
que he tenido que hacer más de treinta copias de mis mejores poesías.
No lamento por mi mal el rigor y la disciplina
de los periódicos para los escritores principiantes (yo ya he publicado en
todos los periódicos menos en La Estafeta), pero en ninguna forma hay
derecho a burlarse de un corazón. Eso es una ignominia que no se perdona
nunca. Menos mal, sin embargo, que a la hora decisiva de la justicia
suprema, todos los herejes, todos los déspotas y todos los tiranos purgarán
sus delitos de la tierra con tormentos apropiados al caso.
III
Yo soy bohemio por temperamento, por rebeldía
y por romanticismo. Desdeño los términos medios de adaptación y nunca
claudicaría a mis ideas por una cuestión de despensa.
Cuando publico algún libro de versos, vendo yo
mismo los ejemplares de los cafés, a mis queridos amigos, los cofrades en
Arte y en trapacerías.
Cuando no tengo libros por vender pido dinero
a la gente que me lo da con gusto, porque no quiere consentir que yo muera
de inanición.
No obstante el altruismo y la generosidad de
las buenas almas, para conmigo, he pasado tres invierno en la calle
sufriendo el rigor de las heladas crudas que entumecen los huesos y el
corazón.
He pernoctado en los inmundos cafetines con
los hampones y los parias mucho más nobles que los próceres de Recoletos.
Han caído los aguaceros sobre mi cuerpo
enclenque cuando carecía de refugio y me lo negaban en los templos, en los
cafés y en los hospitales. He ido por las calles desmelenado, sucio,
famélico y he llorado una noche lágrimas de odio en un banco de la Plaza de
Oriente, frente al Palacio Real.
En la actualidad no publico poesías en Los
Lunes de ‘EL IMPARCIAL’ porque el director de esa hoja literaria, alega en
bien mío que todavía “no estoy hecho”: Deshecho querrá decir. Sin embargo,
el director de ‘EL IMPARCIAL’ D.Ricardo Gasset, me guarda ciertas
deferencias y de vez en cuando me protege.
Si él quisiera tengo la consciencia absoluta
que pondría a mi disposición las columnas de su diario; pero yo no escribo
prosa, y los versos se publican en el suplemento de los Lunes que dirige
D.Joaquín López Barbadillo. En ‘LA LIBERTAD’ publico con bastante retraso,
atendiendo al exceso de original y otras zarandajas; sin embargo, tengo un
gran cariño para todos los redactores del periódico, y en particular a
D.Antonio de Lezama, que hace lo que puede por mi gloria futura.
Nuevo Mundo sigue publicando versos pedestres
de señores advenedizos que ni son poetas ni versificaciones siquiera.
Comprendo la coacción de las recomendaciones y del favoritismo, pero
D.Francisco Verdugo, para quien guardo respetos y gratitudes, debía ser
menos transigente.
Y concluyo este prólogo dando las gracias más
expresivas a mis favorecedores y deseando a todos ellos sigan mostrando
fervor por las musas en el altar de Apolo.
Amando
Buscarini.
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A VILLAESPESA
¡Salud, Villaespesa, cantor de cantores
mago de la música de la poesía,
ruiseñor divino que solloza amores
bajo la polícroma luz de Andalucía!
¡Triunfaste en España, después que sufriste
un calvario horrible que habías previsto!
¡Tú eres, Villaespesa, de los que ceñiste
corona de espinas como Jesucristo!
Te aullaron los lobos del rencor ajeno
la envidia y el odio de te dieron zarpazos
y todos querían hundirte en el cieno.
¡Pobre Villaespesa! ¡Pero tú eras bueno!
¡Y a todos los odios abriste los brazos!
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