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"Mi apellido es italiano, sinónimo de otros famosos como Rossini, Manzzoni y Marconi. No envidio a nadie. Soy ambicioso" |
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Sé que al escribir esta pequeña reseña puedo estar ingiriéndome en los asuntos internos de un municipio soberano, sé que no tengo derecho a pedir nada puesto que sólo soy un ciudadano de a pie y tales individuos, o mejor parias, en las democracias son los únicos que carecen de cualquier privilegio, por desconocer dónde tienen que acudir a solicitarlos. Sé que Tocqueville dijo un día refiriéndose a tales sistemas de gobierno “que llegará un momento que no se parecerá nada a los que nos han precedido; una muchedumbre de hombres parecidos e iguales, un poder inmenso y tutelar que se ocupará sólo de asegurar sus goces y velar por su suerte, extenderá sus brazos sobre la sociedad entera cubriéndole la superficie con una red de pequeñas reglas, complicadas y uniformes, a través de las cuales los talentos más originales y las almas más vigorosas no podrán hallar claridad para sobrepasar a la muchedumbre”. Sé que tales frases les recordarán a ustedes algo y les removerán los gusanos que llevan o algún día acabarán llevando dentro. Sé que hay un grupo de jóvenes escritores y poetas empeñados en rescatar de las frías garras del ominoso olvido la figura ya borrosa de Armando Buscarini y demandan para él una calle, muy educadamente, en el municipio donde nació, pero frente a ellos se despliega en perfecto orden de combate toda esa muchedumbre tan excelentemente pertrechada y descrita por Charles Alexis Henri Clerel de Tocqueville. A Buscarini, en su tiempo, no le quiso nadie, ni la bohemia, ni los editores, ni los directores de periódicos, ni los escritores de su generación, ni los poceros, ni aquellos a los que dedicó sus libros con tanto cariño y con tan excelente letra; quizá no le quiso ni la misma madre que tuvo a bien o a mal traerle a tan enmohecido mundo; aunque como excepción a la regla quiero pensar en el afecto que le profesó Pedro Luis de Gálvez y alguna que otra puta que en las noches oscuras y heladas y lluviosas de la literatura le prestaron el calor de un soneto y (ellas) el de su propio cuerpo sudoroso de gimnasias inconfesables. ¡Ah...! se me olvidaba, también le quieren su biógrafo Juan Manuel de Prada y su editor y los que solicitan una calle o un callejón para él. Ahora cabe la duda de si acaso lo quieren en su pueblo, aunque tampoco es obligatorio que un pueblo quiera a sus hijos, lo normal es que a uno no le quiera casi nadie. Sugiero a los jóvenes peticionarios que se dirijan a míster Ken Livingstone, Alcalde de Londres, solicitando para él una calle en aquella ciudad, urbe grandiosa en la que todos los nombres tienen cabida. Igual hasta les contesta con la educación que le caracteriza. Y si no que le escriban al de Logroño que es mucho más asequible y quizá sensible a todas estas cuestiones y sabrá manejar el ambicioso proyecto con la habilidad que le otorga su particular vocación y profesión. ¿Por qué no ha de tener Buscarini en Logroño algo que lo recuerde? Quizá una rotonda con los carriles mal señalizados, que es una buena forma de que se acuerden de uno todos los días, o sólo un pequeño monumento funerario a la entrada de la “Bene”, que más o menos diga: “Aquí vivió los últimos años de su corta vida Armando Buscarini, esquizofrénico paranoico y poeta escritor, que a fin de cuentas vienen a ser la misma cosa”. A lo mejor ese monumento podía estar rematado por su efigie fundida en bronce empobrecido, y rematada su cabeza con ese sombrero increíble de explorador despistado, que algunas veces llevaba puesto para guarecerse de no sé qué misteriosos fríos y humedades. Sugiero que el monumento no sea muy alto para que todos los que pasemos junto a él le podamos lanzar escupitajos y que se potencie la venida de gentes impresentables de todos los lugares del orbe a lapear a Buscarini. Turistas, expedicionarios, orientales, caminantes del camino, viajeros incansables de las rutas del Inserso y toda esa otra turbamulta anónima, asexual, gris y poderosa que profetizó Tocqueville, de tal forma que su leyenda de maldito se pueda extender por todo el mundo conocido. “Existe en Logroño un pequeño gran monumento -pregonarán- en el que en vez de una moneda lanzas tal o cual cosa al busto que lo remata y tu deseo se ve cumplido”. Hasta se podía requerir el asesoramiento deportivo de don Fernando Sáez Aldana, experto estudioso en este declatoniano lanzamiento.
Por
favor, señor Tocqueville, usted que vislumbró desde la lejanía de su azulada
nobleza la llegada de la marea gris de la burocracia, dígame por favor: ¿En
qué impreso se solicita una calle? ¿Dónde se plasma la petición de un deseo?
¿Por qué no se puede honrar el recuerdo de un paisano tan desgraciado, para
que en el futuro lo siga siendo un poco menos? |
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