ARTÍCULO 'BUSCARINI Y LA PIRATERÍA' DE DIEGO MARÍN A.
PUBLICADO EN EL BLOG http://blogs.larioja.com/ciudaddelhombre Y EN
LA REVISTA 'AUTOR Y DERECHO' DE DERECHO CIVIL DE LA UR

 

Hablando de piratería, alguien inventó un método para combatirla hace casi cien años y todavía se está desaprovechando su idea. Armando Buscarini -que ya es casi como el otro hermano que nunca tuve-, fue, para quién aún no lo sepa, un poeta maldito que intentó ser un escritor de éxito en el Madrid de la bohemia de los primeros años del siglo XX. Con apenas una docena de años abandonó su Ezcaray natal y, de la mano de su madre, se plantó en la capital. Concluidos sus estudios primarios, en Madrid pareció crecerle dentro el germen de la literatura y comenzó a redactar aventuras y poemas que publicara por primera vez a los tempranos catorce años. Tan precoz como estigmatizado por el malditismo desde el nacimiento (su madre era soltera y su padre desconocido), comenzó a cultivar la composición de versos ya de forma promiscua y con el convencimiento de ser la reencarnación de Bécquer, de ser y haber nacido poeta y, además (por insistencia y perseverancia), ver publicados sus poemas en las secciones literarias de algunos de los periódicos más importantes de la época, como La Libertad, Nuevo Mundo, El Imparcial o La Tribuna. Publicaba opúsculos, poemarios breves editados como folletos y cuadernos que, tras haber conseguido el descuento de las imprentas gracias a su tenacidad, acababa vendiendo de mano en mano, de grito en grito, de café en café y, también, en un puesto callejero de la Calle Alcalá acompañado del eslogan «¡Hay que ayudar al poeta!». Cuando recalaba en los cafés de la época, como el Gijón o el Pombo, acudía más presto que un atento camarero a las mesas, ocupadas por escritores como César González-Ruano, Ramón Gómez de la Serna o Rafael Cansinos-Assens (que luego hablarían de él en sus memorias) y los hermanos Álvarez Quintero, Eduardo Marquina, Alfonso Vidal y Planas, Emilio Carrere o Alfonso Hernández Catá (que se convertirían, por una u otra razón, en sus mecenas o fugaces apoderados, además de ya ser sus admirados escritores contemporáneos), y espetaba un amable «¿Un libro, caballero?».

Cuando los astros se aliaban y alguien se interesaba por el precio de alguno de sus libros, Buscarini explicaba «El libro: una peseta; pero, con autógrafo: dos pesetas». Los clientes, aterrorizados ya por el primer precio, se sentían objeto de todas las miradas del establecimiento y, para salir de la encerrona, compraban el libro limpio de firma. Para tan frecuente caso, Buscarini, generoso, regalaba la dedicatoria personal y ambas partes quedaban conformes: una por ahorrarse una peseta y la otra por ganarla. Cuando el día no era propicio para las ventas, Buscarini cerraba la jornada acudiendo al popular Puente de Segovia y, si no tenía que hacer cola de suicidas, simulaba querer seguir los románticos pasos de Larra. Amenazaba sobre la cornisa del puente con tirarse al vacío si alguien no le compraba algún libro para poder comer y dormir caliente (mientras, su madre sufría en la pensión que regentaba la progresiva demencia de su hijo). No debieron de ser muchas las ocasiones en que Buscarini se obligaba a recurrir a tan extremo método de supervivencia y ventas pero, cuando no le compraban libros por miedo a presenciar una muerte, Valle-Inclán aparecía casualmente por allí y retaba al muchacho riojano, que dejaba pasar de largo el mal trago; o era capturado por la policía.

Ya al segundo o tercer arresto apenas pisó la comisaría para recalar en el manicomio por las tendencias suicidas, y es que la explicación de no ser más que una amenaza para vender libros y subsistir tampoco resultaba, mentalmente, muy sana. Armando Buscarini ya no salió del Departamento de Dementes del Hospital de Madrid más que para viajar al Manicomio Provincial de Valladolid y, finalmente, al Hospital Psiquiátrico de Logroño, donde pasada la Guerra Civil murió en 1940, enfermo de tuberculosis pulmonar.

Antes, recién comenzados los años 30, recluido en Valladolid los periódicos madrileños que habían dado cobijo a sus poemas se hicieron eco de un rumor que comenzó a correr por las calles capitalinas, tras la desaparición del «niño poeta» -como así le apodaban- de ellas. Poco menos que a página entera se anunciaba en la prensa la muerte de Buscarini, haciendo repaso a su desdichada vida, a su extravagancia y a su bohemia, pero en ningún caso al motivo de su muerte, a pesar de que en aquella época las páginas de sucesos se nutrían de numerosos y escabrosos crímenes. Ni las muertes de Pérez Galdós o Valle-Inclán ocuparon tanto espacio en la prensa como la supuesta de Buscarini y su posterior resurrección social, pues escribió desde el frenopático exigiendo la aclaración pública de su existencia. Luego, eso sí, como rige su desgracia, ningún periódico se hizo eco de su verdadero fallecimiento. Ni siquiera en los obituarios del periódico local de Logroño porque Buscarini murió un lunes y, entonces, no se imprimían diarios en ese día de la semana.

Pero, hablando de piratería, Buscarini dio sin querer con la fórmula para evitar la copias ilegales de las obras artísticas. Y es que, tras las abundantes reticencias de los libreros a vender su obra en sus comercios y la de sus clientes personales a pagar la firma autógrafa, Buscarini comenzó a imprimir en sus libros una leyenda de advertencia que rezaba: «Esta ejemplar, si no contiene la firma autógrafa del autor, no es legal».

Buscarini, en sus continuos raptos de espontáneo derroche de generosidad, acabó firmando y dedicando de su puño y letra cada ejemplar vendido para asegurarse la fiel clientela que ya coleccionaba su obra por entregas y, así, que los ejemplares se revalorizaran tras su muerte por el autógrafo, y razón tuvo el desgraciado porque ahora un original suyo no baja de los 50 euros. No fue esta la única profecía cumplida de Armando, pues en su última publicación, la obra teatral El rufián (1928), cierra la obra con un poema dedicado a la avenida que en los años sucesivos llevará su nombre.

Así que, hablando de piratería, ya tienen las discográficas y editoriales el método para que nadie compre material artístico ilegal, todos los autores a firmar sus obras.